UN HOMENAJE A MISTER WALTON, UN BRITANICO PAYANES

 

Tengo recuerdos vagos del día que llegamos a aquella casa, varias de la cuadra estaban aún en obra negra, pero la esquinera de fachada amarilla clara la numero 37, si la memoria no me falla, era la que recibía a mis padres y a sus dos pequeños hijos. Villa Mercedes, una unidad cerrada, de esas que tristemente por razones de seguridad empezaron a proliferar en las ciudades en los años ochentas, y a la que pronto llegaron muchas parejas de jóvenes profesionales que iniciaban la ardua tarea de formar una familia.

 

La cantidad de bicicletas y juguetes, que había en la calle no las volví a ver en ninguna otra.  Mi hermano llegaba casi todas las tardes de barro hasta las pestañas después de jugar futbol, yo lo esperaba con la ilusión de que me dejara jugar un ratico Atari, pero que va! Con él llegaba una tribu de muchachitos que no se iban hasta que aparecía una mamá furiosa porque faltaba una tarea o porque la cena estaba servida.

 

Afuera de Villa Mercedes, había una panadería, en la que alguna vez había probado una deliciosa torta. Siempre tenia la tentación de escapar para ir por un pedazo de ese manjar, pero por un lado, estaba el portero y por otro, muy cerca del conjunto se había instalado sobre el espacio publico en una vieja carpa, un personaje bastante particular, era un hombre alto de ojos color cielo, andaba sucio, usaba un turbante en la cabeza y unos vestidos largos como traídos de la India, yo le tenia pavor, pero al mismo tiempo me parecía hermoso y misterioso.

 

Mi abuelo llegaba todos los miércoles en la tarde en su camioneta Ford 150, con la bocina de vaca que alteraba a todo el conjunto, era un verdadero acontecimiento. Siempre, antes de partir le daba a mi hermano un billete violeta de cincuenta pesos que tenía la imagen de Camilo Torres, pero lo más importante que debía compartir conmigo. Ese día, mi hermano no estaba y fui yo la encargada de recibir el fortín.

 

Debí tener unos ocho o nueve años, esa edad en la que uno es tan inocente y tan valiente a la vez, así que mire el billete y sin pensarlo me las arregle para ir hasta la panadería por mi bendito pedazo de torta. No dejaba de mirar el hogar del extraño hombre; de repente, un niñito incluso más pequeño que yo, de rizos dorados y ojos hermosos salió de la vieja carpa.

 

  • Un momento!
  • Detrás del niño salió otro y otro.

 

Mi torta quedó en el olvido, y la curiosidad me acercó sin temor alguno al humilde hogar; al lado había un cable que tenia unas acuarelas colgadas, con imágenes perfectas y con un detalle que me quedé atónita.  De repente, vi que se acercaba el hermoso pero abandonado hombre, corrí como loca hasta llegar a mi casa y nunca más se me ocurrió la brillante idea de escaparme de Villa Mercedes.

 

Un tiempo después, vendimos la casa, tras ires y venires nos fuimos a vivir a la Playa, otro lugar lleno de historias de ochenteros de Popayán que un día les contaré, si no me vetan mis amigos. Pasaron realmente demasiados años, en diciembre de 2009 me casé en Lausanne, en la recepción se acercó mi suegra, una madre y pintora extraordinaria, una suiza-alemana muy colombiana que había disfrutado de la pintura y la jardinería en esos años de tranquilidad y lluvia en la ciudad blanca, venia con un paquete muy bonito adornado con una tarjeta, me lo entregó y me dijo:

 

  • Espero que te gusten y las sepas apreciar!

 

Eran dos hermosas acuarelas enmarcadas en madera con baño en oro, firmadas “Walton 1978”, una, de la Iglesia San Francisco y la otra de la calle empedrada lateral de la Ermita. Si señoras y señores, dos hermosas acuarelas pintadas por el peculiar hombre que vivía en la vieja carpa afuera de Villa Mercedes, ese hombre que yo había admirado desde niña y que seguramente ya no hace parte del mundo de los mortales.

 

Siempre que pregunto por él, me cuentan que era un británico que había llegado a principios de los años setentas a dar clases en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Cauca, algunos aún lo critican por su irresponsabilidad y sus vicios que lo llevaron a vivir en condiciones precarias, quién soy yo para juzgar a un hombre prodigioso que llego al trópico y se enamoró de él con sus bondades y sus callejones sin salida, mas cuando se trata de un artista, un mundo en el que casi todos pecan por bohemios, soñadores y locos, será por eso que sus obras deleitan, tocan.

 

Hoy las dos acuarelas están colgadas en un lugar especial de mi casa en Grandvaux. Gracias Peter, si gracias Peter Walton, por recordarme cada día de donde vengo, por esas acuarelas perfectas de Popayán, por los faroles, las paredes, la gente caminando por la mitad de la calle como solíamos hacerlo en esos tiempos. Hoy,  me pesa haberte tenido tanto miedo, hoy me pesa que vivamos todavía en una sociedad prejuiciosa que no valora talentos como el tuyo y que permite que la cultura y el arte mueran en una vieja carpa, debajo de un puente, en un rincón, en la miseria, en la desgracia.

 

Comments ( 4 )

  • Juan g Morales

    Muy buen pintor lo veía casi a diario porque yo vivía talvez recuerde la urbanización Yambitara, y un gran ser humano a pesar de los vicios que tenía mi un excelso Pintor

    • Victoria Paz Ablanque

      Gracias Juan, me alegra mucho que la gente que me ha escrito me dice justamente eso. Abrazo y gracias por leerme.

  • Yenni Conde

    Hermoso relato Victoria, muchos vimos las obras de ese hombre misterioso y creo que es todo un tesoro que tengas dos de ellas contigo. Un abrazo

    • Victoria Paz Ablanque

      Gracias querida Yenni, que gusto saber que me lees. En efecto, son un tesoro que me recuerda a ese lugar al que siempre querré volver. Abrazote.

Deja un comentario