Abro mis ojos y me siento helada e inmóvil, en la macabra oscuridad, trato de levantarme desesperadamente y no me responde el cuerpo. En medio de mi angustia me giro y me topo con una cantidad de lapidas rotas, llenas de musgo y telarañas, entonces grito con todas mis fuerzas pero me he quedado sin voz, el pánico se apodera de mí.

Escucho: «Réquiem ætérnam dona eis Dómine, et lux perpétua lúceat eis. Requiéscant in pace. Amen.» (Concédele, Señor, el descanso eterno y brille para ella la luz perpetua. Descansa en paz. Amén), en latín como se rezaba cuando yo era niña.

Es evidente, ¡He muerto!

Lloro y me desespero ante la siniestra situación. Trato de calmarme, de aceptar que ya no hago parte de este mundo y sus afanes. Empieza entonces la lista de cuestionamientos:

¿Qué falto? ¿Qué no dije? ¿Qué no hice?

Vienen a mi mente aquellas imágenes del cementerio de Popayán y los cuerpos por fuera de sus ataúdes en medio de escombros después del terremoto de 1983. También de los campos santos que aparecieron después ¿Pero? ¡No estoy ahí! Tampoco estoy en el de Silvia al que me encantaba ir con mi abuela cargada de flores, la escucho decirme:

  • ¡Mija, aquí están los bisabuelos! ¡réceles, y acuérdeme de decirle al sepulturero que hay que cambiar los zócalos!

Definitivamente estoy muerta, pero ¿dónde?

Los cementerios de Suiza tampoco se me parecen a este lugar, allá son verdaderos jardines, con flores de exposición y fotos del difunto, costumbre que a mí personalmente me perturba.

¿Dónde será que me he venido a morir?

Vuelve el desasosiego y la melancolía: ¿Y mi familia? ¿Por qué? No me acuerdo de estar tan vieja como para morirme, mi hijo esta pequeño aún y me necesita. ¿Y  mi esposo? Bueno, él podrá rehacer su vida, sonrío. Así pasa una eternidad para mí, mientras lloro, suspiro y hasta me río, pienso en los amigos, el trabajo; incluso, en la oficina de impuestos, el vaivén del dolor de partir y las ventajas de estar muerta.

A mi lado una lápida enuncia: “Joseph Playfair, Doctor 1658- 1714”.

Me giro hacia el otro lado y me topo con una enorme piedra que tiene una calavera y dos fémures cruzados.

¡Casi me muero dos veces!

  • ¿Qué demonios es esto?

De repente una voz:

  • ¡Victoria, despiértate que va a llover!

Es así como mi amiga coreana me despertó un 5 de julio en la bellísima ciudad de Edimburgo, con lágrimas en los ojos y un dolor de espalda que ni les cuento.

Curiosamente, a mi izquierda efectivamente estaba el sepulcro del señor Playfair y a la derecha aquella piedra y su calavera. Le di un pellizco a Jiyu, para comprobar que no estaba en el limbo o en algo que se le pareciese, corrimos hasta la casa a causa de la lluvia, pero esa noche no logré dormir. Creo que habría dormido más sobre la vieja tumba de algún escoses del siglo XVII. ¿Sería la duda de saber si en efecto estaba viva o muerta?

Al día siguiente, era imposible desayunar porridge escoses con té y tostadas, así que me conseguí un buen café colombiano y me fui al cementerio en búsqueda de un experto que me explicara la historia de la famosa piedra y la calavera.

¡Vaya testarudez!

Estuve tranquila sobre un panteón, viendo como llegaba gente, pues en la ciudad los cementerios son verdaderos sitios turísticos, se come, se lee y aunque parezca descabellado hasta se hace la siesta.  A eso de las diez de la mañana por fin tuve la suerte de toparme con un sepulturero, quien amablemente me explicó que en la época, la peste había sido despiadada con la capital escocesa y cuando había dudas sobre si era la causa de muerte o no,  era la manera de identificarlos.

También, que con la afluencia de facultades de medicina, muchos cuerpos eran robados, por eso los familiares marcaban las tumbas con la calavera para evitar la profanación de sus seres queridos. Aproveche para preguntarle mil cosas, ¿Qué si había visto algo paranormal? ¿Qué si había presenciado una catalepsia o un muerto que se despertara justo antes del entierro? En fin.

Hizo algunas bromas, para concluir diciéndome que no había trabajo que hiciera más apreciar la vida que el suyo, que en sus casi 30 años como sepulturero jamás había presenciado algo paranormal o que al menos todo había tenido una explicación, tomo su pala y como un fantasma partió diciéndome:

¡No se olvide que los que dan miedo son los vivos, los otros, nos están esperando!

 

 

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