CUENTOS PARANORMALES MUY NORMALES. II EL ESPIRITU DEL ASIENTO TRASERO.

 

Eduardo es un hombre alegre, amante de los libros y la política, es amigo de todo el mundo, salir con él al parque puede ser desesperante, mientras saluda aquí, allá y presta asesorías en cuanta cosa se presenta.

 

Los años han pasado; triunfos y fracasos cuentan en la vida de nuestro protagonista. Ha sido un héroe de guerras y de varias zancadillas; pero ahí sigue, invicto, levantándose temprano cada mañana y después de la ducha a lo mismo de siempre,  a servirle a los demás.

 

A pesar de su valentía ante las adversidades y sus recorridos por zonas inhóspitas y peligrosas, Eduardo tiene desde niño un miedo profundo, de esos que jamás desaparecen, no es a las inyecciones, no, no es a la banca rota, menos, ni siquiera a que el café se acabe, que eso si que es grave. Le tiene pavor a los muertos, sí a los muertos, y al duende, a la patasola y a cualquier espanto de nuestra idiosincrasia.

 

Parece ser, que el pequeño Eduardo tenía escasos seis años, cuando asistió a un velorio del pueblo, esos que se llenan de curiosos y terminan amenizados por una botella de aguardiente y a los que por una extraña razón, a la gente le encanta ver al difunto.

 

Después de varias décadas, conducía su auto hacia el pueblo en el páramo, al que era mejor llegar temprano por que la neblina del final del día no permitía ver ni la carretera ni nada que pasase por ella; por desgracia ese viernes se hizo tarde y Eduardo debió conducir solo y bastante cansado a su destino.

 

Encendió la radio y empezó a subir la montaña en su Dodge Dart 85 blanco, no podía ir a más de 20 kilómetros por hora; la neblina espesa y baja, no le permitía ir más rápido. Súbitamente, sintió una mano en la nuca, se quedó helado, pero siguió conduciendo, miró lentamente por el retrovisor esperando encontrarse con la horrible cara del zombie que lo acompañaba, pero no había nadie en el asiento trasero.

 

El carro se topa con una piedra, la radio se apaga, hojas caen sobre el parabrisas, la noche no puede ser más tenebrosa. En medio de la angustia Eduardo acelera a fondo; pero la mano sigue ahí,  la siente;  una macabra escena en la que el camino a casa parece infinito.

 

  • Qué difunto de tantos será que quiere perturbarme?
  • Será la muerte que ha venido por mi? – Se preguntaba.

 

Se estacionó entonces donde pudo,  bajó del vehículo y corrió hacia el otro lado de la carretera. Aterrado y a gritos:

 

  • A ver espanto, espíritu, lo que sea, cuál es tu problema?
  • Aquí estoy, no te tengo miedo!
  • Qué es lo que quieres?
  • Al menos yo estoy vivo y si es la hora de llevarme de este mundo, pues hazlo, no titubees!

 

De repente, una luz intensa encegueció sus ojos:

 

  • Quién es? Dijo otra voz igual o más angustia que la de Eduardo.
  • Soy yo, cuál es el problema?
  • Eduardo? Sos vos?
  • Carlos?

 

Carlos, un vecino del pueblo llegaba en su Land Rover Santana verde grisáceo al mismo lugar, con una poderosa linterna en busca de refugio, pues había visto; según él, un carro fantasma que subía a velocidades inimaginables en medio de la niebla.

 

  • ¡Bah! cuál carro fantasma amigo mio? Era yo, me tocó ponerle el pie al acelerador, porque se me ha subido un muerto en la parte trasera del carro y me esta tocando la nuca.

 

Ahora, llenos de coraje los valientes paisanos, se dirigen al vehículo, dispuestos a enfrentar al famoso espíritu, encontrándose con una bolsa de Almacenes Ley, inflada por el viento, atorada entre el cabezal del asiento del conductor y la ventana.

Así terminó la terrorífica historia en la entrada del pueblo con un buen trago para terminar de matar el susto.

 

 

 

 

Comments ( 14 )

  • Juan

    Jajaja que risa… Después del escalofrío del inicio, visualizar la historia es muy graciosa. Gracias por compartirla Vicky, me dieron ganas de ir a Cajete o Coconuco a media noche 😉

    • Victoria Paz Ablanque

      Te acompaño. jajaja, un abrazote, gracias por estar siempre y motivarme.

  • María del Rosario Sánchez

    Buenísima la historia, cualquiera siente miedo al verse solo en la carretera y con esa niebla tan espesa pero que los hay, los hay

    • Victoria Paz Ablanque

      Gracias mi fiel lectora y amiga, tu apoyo me motiva siempre, claro, de que los hay los hay.

  • Rosa Ilba Serpa Anaya

    Excelente el relato
    Muy fiel a la forma como lo narra tu papá.
    Que buena descripción de El, ese es tu papá.
    Que bonito que dejes escrito esas historias

    Inspiras. Un abrazo.

    • Victoria Paz Ablanque

      Gracias Ilba, como me gustaría haber empezado más temprano y tener a los abuelos y tíos vivos, hacer una enciclopedia llena de cuentos, risas y mucho amor. Pero bueno aquí vamos con lo que nuestra memoria ha guardado celosamente y dispuesta a escuchar las historias que aún siguen vivas en la familia, en el pueblo, en nuestra cultura.

    • Victoria Paz Ablanque

      Y a mi me encanta que te encante. Gracias, a seguir educando la pluma.

  • Sara Montoya

    Me encantan tus cuentos , mientras los escucho los vivo, están genial no dejes de hacerlo mi niña eres estupenda un beso grande sigue adelante besos desde la distancia te quiero cariño

    • Victoria Paz Ablanque

      Gracias Sara por tu apoyo incondicional, claro que seguiré intentando cautivar humildemente con mis escritos. Saludos en casa, los quiero mucho.

  • Juan manuel Reyes passos

    De una vez mi pensamiento se situo en la carretera hacia el paramo en la noche, y no se porque se me vino a la cabeza don Eliu en su camioneta. Historias que en nuestro pueblo no dejan de ser reales, felicitaciones.

    • Victoria Paz Ablanque

      Muchas gracias Juan Manuel, un abrazo grande, me alegra mucho que me leas y que te traiga recuerdos de nuestra invaluable cultura silviana.

  • Juan Manuel burbano

    Hay muchas historias en mi Silvia , sería bueno que escribieras alguna de tantas !
    Saludos

    • Victoria Paz Ablanque

      Gracias Juan Manuel, en esas estamos, nuestro pueblo inspira mucho, aquí dispuesta a escuchar nuevas historias y con la esperanza de poder inmortalizarlas en las letras. Un abrazo gigante.

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